Amando sin reservas
Señor, prometo amarte sin reservas y sin límites. No quiero que mi amor hacia ti sea algo dosificado o por pedacitos. “El amor no queda cortico” (1 Corintios 13:8 Trad. del autor). La “devoción” de los fariseos fue algo medido por sus reglas y por lo tanto tenían poco amor verdadero hacia ti. Más bien fue amor hacia ellos mismos.
El amor no es amor si no es, al mismo tiempo, desprendimiento. Es por eso que Jesucristo alabó con tanto entusiasmo la ofrenda de perfume que le trajo María y con la cual le ungió los pies. ¿Fue un desperdicio? ¡Jamás! Si María hubiera sacado la cuenta exacta de lo que valía su ofrenda, no hubiera sido amor sino ostentación.
“El perfecto amor echa fuera el temor” (1 Juan 4:18). Si tengo miedo de Dios es porque no le amo. Cuando temo ofender a Dios, es porque estoy pensando en mí mismo y no en él. En ese caso mi amor se ha desvanecido. Los que aman a Dios tienen esa clase de confianza absoluta, ingenua e inocente que caracteriza a los niños. Un extraño se acerca a un rey con gran respeto y reverencia mientras que un hijo va corriendo hacia él con confianza.
Ahora comprendo lo que fue ese río que vio Ezequiel (Ezequiel 47). El río brotaba del Templo y a medida que se internaba en él, Ezequiel advertía su creciente profundidad: le daba a los tobillos, a las rodillas, a las caderas y al fin pudo nadar en su caudal. Señor, yo sé que tú quieres que sea un cristiano nadador, amándote de tal forma que ese mismo amor me arrastre en feliz abandono. Fue en sólo dos ocasiones, durante su ministerio terrenal, que nuestro Señor hizo mención al valor de la ofrenda: cuando una viuda dio sus dos blancas y cuando María derramó el frasco de perfume sobre sus pies.
Ese “regalo” que se calcula y se mide cuidadosamente no tiene nada que ver con el amor; es apenas una obligación. ¡Qué triste ser “amado” sólo por obligación! Si únicamente doy pequeños regalos u obsequios a Dios entonces no estoy enamorado de él, sino de mi reputación y el “qué dirán” de los que me ven. Las ofrendas de muchas personas no son más que pequeñas propinas para suavizar sus conciencias. El verdadero amor “no busca lo suyo propio”. (1 Corintios 13:5). Señor, quiero amarte, abandonarme en ti, locamente, sin medida ni límite y así demostrarte que mereces todo mi amor. Quiero amarte sin pena y sin vergüenza, así como tú me amaste en el Calvario.
“Y ésta es mi oración: que vuestro amor abunde aun más y más en conocimiento y en todo discernimiento” (Filipenses 1:9).
Himno: “Oh amor de Dios” CSG # 63, FA 42, LL 124, GD 319


