Predicando con sacrificio
Señor, ¿seré tu hijo por doctrina o por revelación? Si apenas repito como un loro verdades que me han enseñado, ¡ay de mí y ay de toda congregación que tenga la mala suerte de que yo les predique! Cuando Pablo se encontró con Cristo en el camino a Damasco tropezó con quien era su enemigo declarado. A raíz de ese acontecimiento, Pablo no con¬sultó ni con carne, ni con sangre, sino que se escapó al desierto para recibir más revelación (Gal. 1:15-17). Más tarde cuando reapareció para comenzar su ministerio, lo hizo con un mensaje vivido; y no oído de labios de algún profe¬sor.
Todo conocimiento divino lo adquirimos al interior. Desde luego que la educación cristiana ocupa un lugar, pero sólo con el fin de prepararnos mejor para recibir la revelación verdadera. Hay demasiados “cristianos” que, vesti¬dos con la cultura de Cristo, no han accedido a su Persona. Y lo peor es que muchos de sus voceros se parecen a los discípulos antes de Pentecostés: cerca¬nos a Cristo pero no llenos de él. Después del Pentecostés los discípulos no necesitaron ningún aprendizaje. Era suficien-te la oportunidad de comunicar lo que les había sido revelado. Lo que antes habían sido palabras sin sentido, ahora eran verdades que habían sellado con fuego sus corazones.
Si Jesús mismo no se atrevía a hablar por sí sólo (Juan 7:17), ¿cómo nos atrevemos nosotros a predicar algo que no nos haya sido revelado? Lo que necesitamos en nuestros púlpitos son hombres que hablen de la Palabra de Dios con la autoridad de su experiencia. Los que revelan a Dios en su ministerio jamás carecen de auditorio. Haré lo que dijo Habacuc: “Sobre mi guarda esta¬ré, y sobre la fortaleza afirmaré el pie, y velaré para ver lo que se me dirá” (Hab. 2:1 RVR). Lo que Dios mismo me dice, es el mensaje que la gente busca ansiosamente.
“Entonces el Señor(*) extendió su mano y tocó mi boca. Y me dijo…He aquí, pongo mis palabras en tu boca” (Jeremías 1:9).
Himno: “La Palabra del Señor” CSG # 281, FA 319, VC 304


