La palabra divina en cuanto a nuestros cuerpos
Procuraré no hacerle caso a mis sentimientos. Las experiencias de éxtasis espiritual pueden ser de bendición y hasta necesarias, a veces, para el recién nacido espiritualmente, porque aún no ha aprendido a caminar solo. Pero yo puedo honrar más a Dios cuando creo y confío en su palabra sin reclamar la golosina o el “confite” espiritual. O sea que cuando no estoy recibiendo visiones o éxtasis espirituales, es porque Dios me considera adulto maduro, a quien es suficiente alimentarse con platos fuertes como son la fe y la obediencia.
¿Y qué tal de aquellos otros sentimientos como son: el temor, la ansiedad, la duda y la preocupación? Debo clavarlos en la cruz. Esos sentimientos son mayormente productos de mi cuerpo – las glándulas, la sangre y la mala digestión; hacerles caso es mundano y carnal. Tratar de razonar o dialogar con el temor o la duda es semejante a intentar dialogar con una comida mal digerida. Debo más bien no hacerles caso y saber que Dios es mil veces más grande que una glándula, el estómago o una célula.
Todo se puede resumir así: ¿Pondré atención a lo que me dice Dios en su Palabra acerca de mí mismo o escucharé más bien lo que me dice el cuerpo?
La victoria viene cuando le digo con firmeza a mi cuerpo: Te ignoro, y cuando digo a mi alma, Espera en Dios (Salmo 42:5 RVR). Cuando espero en Dios estoy pasando por alto las emociones que suben y bajan como la marea, para pisar mejor la Roca firme, el puerto seguro. No experimentar emociones y cambios de sentimiento sería dejar de ser humano, pero vivir de mis emociones es avocarnos al fracaso. Esperar en Dios es el remedio eterno para la pesadilla pasajera.
“Por tanto, no desmayamos; más bien, aunque se va desgastando nuestro hombre exterior, el interior, sin embargo, se va renovando de día en día” (2 Corintios 4:16).
Himno: “Cariñoso Salvador” CSG # 237, FA 243, HB 167, LL 81, GD 92, GT 11


