La palabra divina en cuanto a nuestros cuerpos

Por • el 8 febrero, 2010 • Categoría: Devocional Diario

Procuraré no hacerle caso a mis sentimientos.  Las experiencias de éxta­sis espiritual pueden ser de bendición y hasta necesarias, a veces, para el recién nacido espiritualmente, porque aún no ha aprendido a caminar solo.  Pero yo puedo honrar más a Dios cuando creo y confío en su palabra sin recla­mar la golosina o el “confite” espiritual.  O sea que cuando no estoy reci­biendo visiones o éxtasis espirituales, es porque Dios me considera adulto maduro, a quien es suficiente alimentarse con platos fuertes como son la fe y la obediencia.

¿Y qué tal de aquellos otros sentimientos como son: el temor, la ansiedad, la duda y la preocupación?  Debo clavarlos en la cruz.  Esos sentimientos son mayormente productos de mi cuerpo – las glándulas, la sangre y la mala diges­tión; hacerles caso es mundano y carnal.  Tratar de razonar o dialogar con el temor o la duda es semejante a intentar dialogar con una comida mal digerida.  Debo más bien no hacerles caso y saber que Dios es mil veces más grande que una glándula, el estómago o una célula.

Todo se puede resumir así: ¿Pondré atención a lo que me dice Dios en su Palabra acerca de mí mismo o escucharé más bien lo que me dice el cuerpo?

La victoria viene cuando le digo con firmeza a mi cuerpo: Te ignoro, y cuando digo a mi alma,  Espera en Dios  (Salmo 42:5 RVR).  Cuando espero en Dios estoy pasando por alto las emociones que suben y bajan como la marea, para pisar mejor la Roca firme, el puerto seguro.  No experimentar emociones y cambios de sentimiento sería dejar de ser humano, pero vivir de mis emociones es avocarnos al fracaso.   Esperar en Dios es el remedio eterno para la pesa­dilla pasajera.

“Por tanto, no desmayamos; más bien, aunque se va desgastando nuestro hombre exterior, el interior, sin embargo, se va renovando de día en día” (2 Corin­tios 4:16).

Himno: “Cariñoso Salvador” CSG # 237, FA 243, HB 167, LL 81, GD 92, GT 11

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