Mi entrega será total

Por clclibros • el 7 Febrero, 2010 • Categoría: Devocional Diario

Con tu ayuda, Señor, siempre procuraré entregarme del todo a ti y a tu obra.  Yo sé que no hay nada tan odioso para ti que una entrega condicional a tu causa.  Cuando Pedro te dijo: “Señor, ten compasión de ti mismo.  ¡Jamás te suceda esto!” (Mateo 16:22), estaba sugiriendo que abandonaras el plan trazado para la salvación, ya que eso implicaría mucho sufrimiento para ti.  Tú le dijiste algunas de las palabras más fuertes que hayas dirigido al ser humano: “¡Quítate de delante de mí, Satanás” (v.23).

El entregarse a medias es algo satánico y creo haber descubierto el porqué.  El entregarse  condicionalmente es una forma de auto-conmiseración.  Es una manera de construir una muralla alrededor del “yo”, con la cual ese “yo” se siente protegido contra todos, incluido Dios.  Si Jesús hubiera tenido lástima de sí mismo y no se hubiera entregado del todo, nunca hubiera ido a la cruz.  Si tengo lástima de mí mismo, nunca me someteré del todo a la voluntad divina que ha decretado la muerte a mi “yo”.  Y si no me someto, nunca llegaré a ser un medio de vida para otros.

El “yo” impulsó a Ananías a retener una parte del dinero de la venta que le había prometido al Señor (Hechos 5:1-2).  Mi “yo” siempre me está diciendo que me debo quedar con alguna porción de mi ser.  El “yo” piensa que entregar todo al Señor es un gran desperdicio (Marcos 14:4).  Así como algunos de los que veían morir a Jesús, el “yo” le pide que baje de la cruz para salvarse (Marcos 15:30).

Claro que debo distinguir entre la auto-conmiseración y la auto-conserva­ción.  Aceptar a Cristo como mi Redentor personal es auto-conservación, lo más grande, importante y noble que yo pueda hacer en esta vida.  Descansar cuando tengo cansancio y tomar vacaciones cuando las necesito son otras formas de auto-conservación que también son sabias e importantes para mi salud física.

La auto-conmiseración no tiene remedio sino en la muerte, la muerte del “yo”.  Y esa muerte benéfica le viene a todo aquel que dice “Sí” a Dios en lo que él quiere hacer con su vida.  No es posible decir “Sí” a Dios y luego entregarse a él a medias.  Es mi decisión.  Cuando digo “Sí” al Señor, él me responde con un gran “Sí” que retumba por los grandes salones del cielo.  Luego él me resucita de la muerte de la crucifixión a una vida nueva.

“Con Cristo he sido juntamente crucificado; y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí.  Lo que ahora vivo en la carne, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20).

Himno: “Mi vida di por ti” CSG # 198, FA 112, VC 44, HB 427, LL 97, GD 127

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