Aprovechando los recursos de Dios
El segundo derecho que debo reconocer es mi derecho sobre Dios. Mi derecho sobre él es un privilegio legal que Dios no puede rechazar, el derecho a utilizar y aprovechar los recursos divinos cuando mis propios medios han llegado a sus límites. Por ejemplo, no tiene sentido el pedirle fuerzas para ir a la iglesia los domingos en la mañana cuando mis dos buenas piernas pueden fácilmente llevarme allá. Pero si yo estuviera paralizado y fuera la voluntad de Dios que yo vaya, entonces tendría el derecho de apelar al poder divino para ayudarme a llegar allá. En ese caso Dios no podría rehusarse de manera legítima, y su poder en esa situación me daría los medios necesarios.
El método para hacer uso de mis derechos ante Dios es el de reclamar sus promesas. A propósito, las promesas de Dios no son para todo el mundo, y me haré mucho daño si las reclamo al azar. No tiene sentido citar Filipenses 4:19 exigiéndole a Dios mi derecho de recibir dinero de él si tengo en ese momento una cuenta a nombre mío y con buenas reservas en el banco. Puedo “cobrar” mi derecho de recibir ayuda económica de Dios sólo cuando estoy en el centro de su voluntad y cuando me he quedado sin recursos. Entonces puedo dirigirme al Señor con su promesa, citando el derecho que es mío. Su promesa es un cheque mucho mejor que cualquier giro bancario; su poder tiene propiedades de sanidad muchísimo más grandes que cualquier otra medicina.
Pienso en Moisés, quien aprovechó el poder de Dios para abrir paso por el Mar Rojo; en Eliseo, quien aprovechó las reservas divinas de aceite para el beneficio de la viuda empobrecida; en Daniel, quien aprovechó la sabiduría de Dios para resolver misterios. Luego me doy cuenta que estos hombres fueron lo suficientemente valientes como para exigirle a Dios sus “derechos” en situaciones apremiantes, y lo consiguieron. ¡Que Dios me dé una gracia igual para hacerme igualmente victorioso! “Su divino poder nos ha concedido todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad… mediante ellas nos han sido dadas preciosas y grandísimas promesas” (2 Pedro 1:3-4).
“Porque todas las promesas de Dios son en él ‘sí’; por lo tanto, también por medio de él, decimos ‘amén’ a Dios, para su gloria por medio nuestro” (2 Cor. 1:20).
Himno: “Jehová es mi luz y salvación” CSG # 52


