La intransigencia con el mal: clave del éxito espiritual
Debo de tener cuidado, Señor, en lo que respecta a la transigencia con la maldad a mi alrededor. La transigencia hace de la política un arte posible, pero en mi relación con Jesucristo se convierte en obstáculo principal para que él sea manifestado a través de mí.
La transigencia es siempre señal de algún acomodo previo. Cuando Lot escogió Sodoma para vivir en vez de las montañas de Canaán, se decidió basándose en su deseo de ser rico y de tener influencia. Como resultado de su acomodo a la avaricia, hizo lo que le parecía conveniente. La transigencia fue el método para lograr una decisión aceptable para sí mismo; pero nunca fue aceptable para Dios.
Transigir espiritualmente es “suavizar” la palabra de Dios. Se trata de hacer ciertas concesiones con las normas que nos parecen tan absolutas y severas. El rey Saúl tomó el mandamiento de Dios: “Ataca a Amalec; destruye completamente todo lo que le pertenece”, y lo redujo diciendo, “el pueblo perdonó la vida a lo mejor de las ovejas y de las vacas, para ofrecerlas en sacrificio a Jehovah” (1 Samuel 15:3-15). A pesar de haber tergiversado en forma tan grosera el mandamiento de Dios, Saúl tuvo la osadía de decir, “He cumplido la palabra de Jehovah” (versículo 13). Por lo tanto, su transigencia le dio a Saúl la facilidad de poder darle una apariencia de obediencia, al mismo tiempo que le permitió obtener sus objetivos egoístas.
La transigencia significa que no he querido tratar de frente con las bases esenciales de la verdadera espiritualidad. Sigo albergando “ovejas que balan”, y ocultando al “viejo hombre” no crucificado dentro de mí. La transigencia es una señal de dicotomía espiritual; me hace falta una dedicación clara y definida.
La persona que hace lo que le conviene, tarde o temprano se enreda y tropieza con sus propias artimañas. Eso le sucedió a David en lo concerniente con Urías, el heteo (2 Samuel 12:5-9). Quiero evitar la transigencia espiritual, Señor; ayúdame a hacer lo único necesario, tal y como lo hizo María, ofreciéndote mi todo. Si lo hago, me convertiré en un dulce aroma para ti, una ofrenda que durará por la eternidad (Mateo 26:12-13).
“No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo el amor del Padre no está en él” (1 Juan 2:15).
Himno: “Nunca, Dios mío” CSG # 104, FA 56, VC 16, HB 15


