Los derechos del mundo sobre nosotros

Por • el 1 agosto, 2010 • Categoría: Devocional Diario

El tercer derecho que me tocará confrontar como discípulo es el derecho del mundo sobre mí.  Es el derecho que Pablo tenía en mente cuando dijo, “soy deudor” (Romanos 1:14).

Toda persona adquiere ese derecho con base en la obra que Jesucristo terminó en el Calvario.  Como Dios ama al mundo y busca redi­mirlo, entonces el mundo tiene derecho a participar del regalo de la redención que nos ha sido brindado por medio del Dios-hombre Jesucristo.  Ya que Cristo murió por “todo el mundo” (1 Juan 2:2), el derecho a ser salvo no puede ser negado a nadie que verdaderamente lo desea.  Esto significa que mi función en este mundo es esencialmente la de un misionero, hablando a otros acerca de la salvación en Cristo.

Pero más aun, el mundo tiene el derecho de encontrar a Dios en mí.  Uno de los propósitos de la encarnación de Cristo, entre otros, fue el de mostrar en forma visible cómo es Dios.  El ver a Dios en Cristo fue más que un privi­legio; fue un derecho adquirido con la encarnación.

Ahora que Cristo no está en el mundo físicamente, se manifiesta a través de sus seguidores, tú y yo.  Eso significa que los amigos que no conocen personalmente a Jesucristo tienen el derecho a verlo en forma patente a través de nosotros.  Participan por medio de su contacto con nosotros del amor de Dios cuando sus cualidades, tales como la verdad y la misericordia, fluyen de nuestra vida.  Es como si Dios los hubiese invitado a una reunión – en mí – y no tengo el derecho de expulsarlos ni correrlos.  Tampoco puedo hacer algo que afecte el derecho de alguna persona a poder disfrutar de ese banquete.  Debo de tratar a la persona que no conoce a Dios como yo quisiera ser tratado si también fuera un extraño.  ¿Cómo me sentiría, si estando hambriento y sediento me fuera negado el acceso a Dios, que es mi derecho básico?

Señor, ayúdame a ser sensible a los derechos de los demás, quienes nece­sitan de la herencia que les pertenece: Dios, y su gran amor sin medida en Cristo.  Que pueda yo decir con el apóstol Pablo, “porque el amor de Cristo nos impulsa…y él…nos ha dado el ministerio de la reconciliación…rogamos en nombre de Cristo: ¡Reconciliaos con Dios!” (2 Cor. 5:14-20).

“Pero recibiréis poder cuando el Espíritu Santo haya venido sobre vosotros, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8).

Himno: “Te alabarán, oh Jehová” CSG # 55

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