Amándonos a nosotros mismos
Debo en todo tiempo mantener el delicado equilibrio en mis actitudes hacia mi “yo”. Debo respetarme y amarme sin llegar a ser egocéntrico, ya que el egocentrismo es pecado.
¿Por qué no amarme a mí mismo? No hay nada malo con el yo – como persona. Jesús murió por mí, mi persona, y lo hizo porque me amaba. El yo se convierte en un problema sólo cuando le permito convertirse en yo primero, o sea cuando empiezo a preocuparme de mí mismo, cuando quiero la atención y la adoración que sólo se le debe a Dios.
No puedo estar realmente gozoso si no estoy en paz conmigo mismo. Le hago un daño incalculable a mi personalidad si me odio, me desprecio y me rechazo a mí mismo. El Evangelio que me capacita amar a otros también me da la capacidad para amarme y aceptarme a mí mismo. El ser crucificado con Cristo no significa que el yo muera ni desaparezca. Simplemente significa que siempre debo morir a mis propios deseos si estos están en conflicto con la voluntad de Cristo o van en contra del bienestar de otros. Lejos de lastimarme o afligirme, al rendir mi voluntad a Jesucristo estoy más bien liberándome para ser el tipo de persona que Dios quería que yo fuera.
No debo deleitarme en el auto-castigo, como si esto fuera una virtud. No es cierto que cuánto más sufra, tanto más será Dios glorificado. Por supuesto, debo estar consciente de que mi yo natural, con el que he nacido, está viciado por el pecado, un legado de Adán. Pero el propósito redentor de Dios para conmigo es rescatarme del pecado, y no destruirme con él. La victoria espiritual es la relación apropiada de estos tres aspectos: 1.) amar a Dios primero y buscar su gloria; 2.) amar a mi prójimo y buscar lo mejor para él; y 3.) amarme a mí mismo buscando con la ayuda divina la expresión máxima de mi persona.
“En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor. Porque el temor conlleva castigo, y el que teme no ha sido perfeccionado en el amor” (1 Juan 4:18).
Himno: “En Belén nació Jesús” CSG # 135, HB 57


