Cediendo nuestros derechos

Por • el 20 diciembre, 2010 • Categoría: Devocional Diario

Me asusta saber que puedo negar la posesión de mi vida a Jesucristo, aún cuando sé que no tengo derecho a rechazarlo.  Si quiero, puedo rebajarme al nivel de los corintios y hacerme tan carnal y querelloso como ellos.  Pero algo sucederá si lo hago.  Mi rechazo a entregar a Jesús el control de mi vida le impedirá a él hacer conmigo lo que anhela.  ¡El anhela dárnoslo todo, a nosotros que no tenemos ningún derecho a ello!

Pablo dijo, “Todo es vuestro” (1 Corintios 3:21 RVA).  Dios nos hizo “co-herederos” con Cristo, y él debe controlarlo todo a fin de hacer esa herencia patente en nuestra vida diaria.  Cuanto más le ceda a Cristo, tanto más seré un “conquistador”.  Y cuanto más conquiste, tanto más cederé, hasta que se forme una espiral ascendente continua de conquista y victoria.  Una de las leyes extrañas del cielo es que si renuncio a todos mis derechos de posesión en favor de Jesucristo, en ese mismo momento comienzo a poseer y disfrutar en verdad de todo aquello que he entregado.

Así que no debo hacerle trampa a Jesucristo – ni a mí mismo.  Nunca debo descender hasta tal punto que tenga que lamentar, “El compró mi corazón y no lo amé; compró mi cuerpo y no le serví; compró mi mente y no pensé en él; compró mi voluntad y no me rendí a él”.  Oswald Chambers dijo, “La pasión del cristianismo es que deliberadamente cedo mis derechos propios y me convierto en un esclavo cautivo de Jesucristo.  No comenzaré a ser un santo hasta que lo haga”.  Esta es la razón por la que Jesús murió: “Para que los que viven ya no vivan más para sí, sino para Aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Corin­tios 5:15 RVA).  La cruz de Cristo – y su poder – se cumple en mí en el momen­to que le diga “sí” a la soberanía de Jesucristo sobre mi persona.

“Para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra; y toda lengua confiese para gloria de Dios Padre que Jesucristo es Señor” (Filipenses 2:10-11).

Himno: “Gloria a Dios en las alturas” CSG # 119, VC 28, GT 211

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