Viviendo como si jamás se viera la muerte
El propósito de Dios para mí, su discípulo, es que nunca debo “ver” la muerte. Enoc es el gran ejemplo de una vida que dependía de Dios de tal manera que ni aun la muerte lo pudo tocar. “Por la fe Enoc fue trasladado para no ver la muerte” (Hebreos 11:5). Enoc no necesitó de “gracia para morir”, por cuanto esa gracia es el último acto caritativo de Dios para con un creyente que necesita un poquito de ayuda adicional en su transición de la tierra al cielo. Debería vivir de tal manera que la “gracia para morir” nunca sea necesaria.
La victoria sobre la muerte no ocurre cuando la muerte me toca. Ocurre más bien en el continuo correr de la vida, cuando la muerte me asecha constantemente y busca atemorizarme, aún cuando no pueda llevarme. Debo vivir como lo hizo Enoc, por fe, algo que continuamente refrena a la muerte. Para cuando llegue el momento de mi verdadera transición, la muerte debe ser sólo un gigante asesinado a mi lado. Mi inmortalidad debe ser algo inmediato y continuo. No debo morir e ir al cielo, sino vivir e ir al cielo; de hecho, ni siquiera debo ir al cielo, sino vivir de manera que la transición sólo sea una continuación de mi andar ya celestial.
Tengo que ir más allá de entender que la fe “salvó mi alma”. Gracias a Dios, lo hace, pero también hace infinitamente más; crea un modo de vida en el cual el cielo ya se experimenta y no sólo es una esperanza en la lejanía. Algunos creyentes suelen decir, “¡Oh, si tan sólo estuviera en el cielo!” Yo puedo estar en el cielo, aquí y ahora, por fe. Viviendo de acuerdo a las reglas de Dios, dejando que él me visite personalmente, teniendo pensamientos celestiales, ¡puedo estar viviendo en el cielo ahora mismo! Después, cuando llegue el momento de la transición, sólo será experimentar acceso total a la gloria eterna.
“¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? Pues el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la ley. Pero gracias a Dios, quien nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Corintios 15:55-57).
Himno: “Oíd un son en alta esfera” CSG # 126, VC 33, HB 64, GD 376



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