Incomodidad Santificada

La confesión del pecado no sólo restaura mi comunión con Dios, sino que mantiene mi salud mental.  Dios quiso hacernos tan ajenos al pecado, que si no nos hubiese dado la habilidad para confesar, el hombre viviría en un manicomio permanente.  Como creyente en Jesucristo, si peco y no lo confieso, soy aun más miserable que el hombre no creyente que se encuentra en el mismo estado.  “Mientras callé, [y no confesé mi pecado] se envejecieron mis huesos en mi gemir, todo el día” (Salmo 32:3); “estos huesos que has quebrantado” (Salmo 51:8 RVA).  Mi triste estado espiritual contamina hasta mi cuerpo y lo afecta.  ¿Con qué frecuencia habrá mi cuerpo tratado de decirme que mi espíritu no estaba bien con Dios?

Gracias a Dios por su santa incomodidad!  Un Dios santo me hará sentir incómodo por causa de su nombre.  Un dios indiferente y sin amor me dejaría estar completamente cómodo con mis pecados, y esa comodidad, como la lepra, sería señal de peligro, no de salud.  Desde luego que Dios quiere que esté cómodo, pero no a expensas del bienestar de mi alma.  Por lo tanto, él me da el dolor de la culpa a fin de llevarme al arrepentimiento y confesión, los cuales por su parte conllevan a la comodidad que Dios realmente desea para mí.

Si me niego a reconocer mi pecado, si continúo reprimiendo mi culpa, podría sufrir de algún desorden en mi subconsciencia.  Es posible que haya creyentes que sufren por eventos que se dieron hace mucho tiempo en sus vidas, y por lo tanto, podrían necesitar de la gracia sanadora de Dios para sus males subconscientes.  El poder limpiador de la Palabra de Dios llega profundamente al “corazón” (Salmo 119:11); y si bien no podemos confesar conscientemente nada de lo que ocurre en nuestra subconsciencia, podemos confiar en que el Espíritu Santo lo limpiará con la Palabra.

“Bienaventurado aquel cuya trasgresión ha sido perdonada, y ha sido cubierto su pecado” (Salmo 32:1). ¡Qué gran bendición es la confesión! Señor, ojalá nunca la trate con desprecio.

“Ahora pues, oh Dios nuestro, escucha la oración de tu siervo y sus ruegos, y por amor de ti mismo, oh Señor, haz que resplandezca tu rostro sobre tu santuario desolado” (Daniel 9:17).

Himno “Al mundo paz” CSG # 118, FA 70, VC 34, HB 76, LL 209, GD 377

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