Me alienta recordar que una de las verdades implícitas en las Escrituras es que después de la noche llega la mañana. Cuando leo la primera página de la Biblia descubro las “tinieblas” que estuvieron “sobre la faz del abismo” (Génesis 1:2 RVR). Pero la última página me dice que Dios será mi luz por siempre (Apocalipsis 22:5). Había tinieblas cuando Jesús fue crucificado, pero él resucitó al alba glorioso del domingo de resurrección (Lucas 23:44; 24:1).
Era la “cuarta vigilia de la noche” cuando los discípulos de Cristo luchaban fuertemente para llevar su barca hasta las orillas del Mar de Galilea. De repente, en el momento más oscuro de la noche, vieron a Jesús caminar hacia ellos sobre las aguas y le escucharon exclamar, “¡Tened ánimo! ¡Yo soy! ¡No temáis!” (Mateo 14:25, 27). De inmediato el viento cesó, las aguas se calmaron, y nuevamente los discípulos adoraron a su Señor Todopoderoso. ¡Cuán a menudo como seguidores de Cristo hemos experimentado esto! Clemente de Alejandría dijo, “¡Cristo ha transformado todos nuestros ocasos en amaneceres!”
Si Jesús demora su regreso, hay un último ocaso que todos debemos enfrentar. Sin embargo podremos vislumbrar con toda confianza el amanecer a través de las tinieblas, afirmando las palabras, “No moriré, sino que viviré, y contaré las obras de Jehová” (Salmo 118:17 RVA). Por cuanto esa es la manera como Dios termina todo lo que comienza.
Te alabamos con nuestra matutina canción,
Te elevamos al ocaso nuestra oración;
Como humildes suplicantes adoramos tu Gloria
Para siempre y por siempre jamás.
AMBROSIO DE MILAN
“Tú haces cantar de júbilo a las salidas de la mañana y de la noche” (Salmo 65:8 RVA).
“Y del trono brotó una voz que decía: -¡Alaben al Dios nuestro los siervos del Señor que le temen, pequeños y grandes!” (Apocalipsis 19:5 VIV).
Himno: “Eterno Padre celestial” CSG # 79
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