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Sirviendo al Señor con nuestros cuerpos

Como discípulo tuyo, Señor, debo pactar con mi cuerpo.  Cuando Cristo me salvó no lo hizo por etapas.  Me transformó al instante y en una sola opera­ción.  Mis manos son redimidas igual que mi alma.  Mi cerebro está bajo la sangre de Cristo, igual que mi corazón.

Cuando Aarón fue consagrado como Sumo Sacerdote, la sangre del sacrificio fue colocada sobre su oído derecho, sobre el dedo pulgar de su mano derecha y sobre su pie derecho (Exodo 29:20).  ¡Ay!  ¿No fue esa ceremonia una molestia innecesaria?  ¡No!  Como que ya comienzo a entender lo que me estás enseñando.  El cuerpo de Aarón, y no sólo su corazón, tenía que ser el cuerpo de un Sumo Sacerdote.  Fue por eso que el pecado del becerro de oro resultó ser algo tan odioso para Dios.  ¡Cómo era posible que ese mismo cuerpo, consagrado al servicio de Dios, estuviera tan tranquilo y fresco ayudando a fabricar un ídolo de oro para que la gente pecara!

Dios, ¡por favor no permitas que yo repita el pecado de Aarón con mi cuerpo!  No quiero usar aquello que le costó tan caro al Señor en cosas que él odia y repudia.  Pertenezco a Alguien.  Por eso ya no tengo el derecho de echar mi oro al fuego para convertirlo en ídolo.  No me atrevo a manchar mi cuerpo en esa forma.

Ahora comprendo el por qué Pablo decía:  “Golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre” (1 Cor. 9:27).  Como discípulo, debo aporrear mi cuerpo hasta someterlo para no traicionar tan sagrado llamamiento.  ¡Y me toca hacerlo con frecuencia!  Mis enemigos son el mundo, la carne, el diablo, y MI CUERPO.  Con demasiada frecuencia mi espíritu desea volar hacia las alturas con Cristo, pero soy arrastrado hacia los abismos por mis bajos impulsos y deseos carna­les.

Sin embargo, Señor, me regocijo en esas palabras tan alentadoras de Pablo: “El Espíritu…también dará vida a vuestros cuerpos mortales..” (Rom. 8:11).  El Espíritu fue enviado por Jesús para ministrar a nuestros cuerpos y nuestras almas; para avivarnos cuando estamos por el suelo y nos arrastramos. De modo que demostremos la completa redención que Cristo ha obrado en favor nuestro.  Señor, permite que tu bandera de Victoria esté siempre desplegándose sobre mi vida.

“Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo”  (1 Tes. 5:23 RVR).

Himno: “Tuya es la gloria” CSG # 27

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La relación confiada y reconfortante

Reconozco, Señor, que a veces he sido demasiado exigente en mi relación contigo.  No he querido reposar como “un niño destetado al lado de su madre” (Salmo 131:2).  Me pongo “chinchoso” cuando algo interrumpe mi diario devocio­nal, pero lo único que tú deseas es mi devoción.  Me he preocupado por no haber orado lo suficiente [...]

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Un préstamo para Dios

Es preciso aprender la contabilidad celestial.  Dios, siendo Dueño de todo, no recibe regalos de nadie.  Tampoco se endeuda.  Ana no le regaló a su hijo, sino que lo dedicó a Dios durante “todos los días de su vida” (1 Sam 1:28).  El Señor premió este préstamo pagándole intereses al 500%:  “Y visitó el Señor [...]

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Una vida superior

Debo recordar que Dios me ha llamado a vivir una vida “superior” en vez de una vida de éxito.
El “éxito” es algo que se me sale de las manos, pero en cambio, es importante ponerle mucha atención en superar.  Si mi justicia no supera a la de los escribas y fariseos, no entraré…(Mateo 5:20).
Mi Maestro [...]

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Se necesita de un intercesor

Debo recordar constantemente, Señor, que no tengo derechos personales sobre ti.  Ni siquiera como hijo que tú has redimido.
Cuando Aarón ministraba en el Tabernáculo llevaba siempre una mitra que tenía una lámina de oro puro con las palabras “SANTIDAD A JEHOVA” (Exodo 28:36-39).  Mientras que el Sumo Sacerdote llevara puesta esa placa, todas las ofrendas [...]

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