Señor, debo tener cuidado en cuanto a mi relación con los ungidos según tu organigrama. Los ungidos en mi vida son aquellos colocados sobre mí en autoridad. Por su posición de autoridad, esas personas interpretan tu voluntad para mí en ciertas circunstancias (Heb. 13:17). Tú eres específico en cuanto al respeto por las líneas de autoridad – esposos/padres en el hogar, pastores y ancianos en la iglesia, reyes, profetas, y otros ante pueblos, así como los jefes en las jerarquías de la organización celestial. No hay lugar para el irrespeto ni la soberbia ni, por supuesto, para la maldición. Vemos que aun en el caso de los ángeles, el arcángel Miguel no se atrevió a maldecir a Satanás, quien había gozado de alto rango angelical sirviendo a Dios antes de su caída (Judas 9).
David tuvo varias oportunidades de matar a Saúl, su rival; sin embargo se negó a hacerlo porque éste era “el ungido de Jehovah” (1 Sam. 24:1-7). En vez de ello, David encomendó a Saúl en las manos del Señor para juicio (1 Sam. 26:10-11) (Lo mismo hizo el arcángel Miguel con el diablo en la situación anteriormente citada). Debido a su amor por Dios y su respeto hacia la voluntad de Dios, David no actuaría en venganza por sí solo ni usurparía el trono de Saúl. Esto mostraba la sensibilidad de David hacia la línea de autoridad para la nación de Israel; y Dios honró a David y enjuició a Saúl (1 Sam. 28:17,18).
El respetar a los ungidos no sólo es una forma eficiente para que opere el reino de Dios, sino también es en nosotros una señal de confianza y dependencia de Dios. Debo de confiar en él más, porque su voluntad para mí llega filtrada a través de un humano; por lo tanto, Dios tendrá que tratar los posibles “errores”, encaminándolos en bien (como le pasó a José según Gen. 50:20) o aumentando las opciones (como les sucedió a Daniel y sus compañeros, según Dan. 1:8-16).
Así como David tenía que confiar en Dios para que obrara a través de Saúl, y no sin él, también yo debo confiar en que Dios obrará a través de mi superior, sea sensible o insensible a la Palabra de Dios. Él está en las manos de Dios, y yo debo aprender a confiar y a agradecer aquello. Diré junto con David, “En Dios he confiado. ¡No temeré lo que me pueda hacer ningún mortal!” (Sal. 56:4).
“No permitió que nadie los oprimiese; más bien, por causa de ellos castigó a reyes. Dijo: ‘¡no toquéis a mis ungidos, ni hagáis mal a mis profetas!’” (Salmo 105:14-15).
Himno: “Rey Exaltado” CSG # 226
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